SAN MAMÉS: ¿ZONA DE CONFORT?

Flota como un nubarrón amenazante. Se percibe en el ambiente. Precisa únicamente de la concatenación de un puñado de resultados negativos fuera de casa como el del pasado sábado en Butarque frente al Leganés para instalarse. Hace acto de presencia de manera cíclica, se alude al mismo sin mayor sostén argumental que el descontento y la desilusión transitoria y, cuando llega la ansiada victoria foránea, por pírrica que sea, se desvanece para volver a aparecer quince días, seis meses o dos años después. Suscitado por puntuales fases de declive y alimentado por una retórica rojiblanca que reserva sus pasajes más generosos a San Mamés y su irreductibilidad; la sospecha, tan recurrente como inexplorada, siempre vuelve a emerger: ¿es el Athletic Club un equipo casero en cuanto a rendimiento?

Previo a cualquier otro aspecto, solicitamos al exfutbolista Unai Expósito, retirado hace dos años y con más de 200 encuentros como profesional entre Primera y Segunda División, que nos radiografíe de primera mano las diferencias entre actuar como local o visitante en la vida de cualquier futbolista, independientemente de la época en activo o su jerarquía. Nos explica que el cambio “se vive prácticamente igual estés en el equipo que estés, por el simple hecho de que ya tener que desplazarte a jugar a otra ciudad altera el día a día del futbolista y esto es algo que lo notas: Hay un viaje que siempre desgasta independientemente de su longitud, no duermes en casa, el campo no es el mismo en el que entrenas siempre y juegas cada 15 días, te alejas de tu familia…en definitiva desestabiliza tu rutina”.

Fuente: Getty Images.

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Las tres primeras décadas de competición que transcurren desde la creación del Campeonato Nacional de Liga en 1928 hasta 1960, tienen en un fútbol casero y alegre su principal protagonista: durante este periodo, el Athletic promedia sucesivamente como local 2,46; 2,26 y 2,30 puntos por partido, con una producción ofensiva siempre holgadamente superior a los tres tantos por encuentro. Jose Antonio Ortega, miembro del Centro de Investigaciones de Historia y Estadística del Fútbol Español (CIHEFE), argumenta que la explicación a este fútbol ofensivamente prolífico puede hallarse en la dimensión táctica del juego: “Ahora sin duda alguna las defensas son más fuertes que las de antaño. Entonces se formaba con cinco delanteros, tres medios y dos defensas; mientras que ahora vemos algunas de hasta cinco. La búsqueda de solidez es bastante más evidente en la actualidad, se prioriza defender mi portería más que atacar la del contrario. Por ello, la táctica es la principal culpable de que antes los partidos tuvieran muchos más goles que ahora”. En el caso de los rojiblancos, tales registros fueron auspiciados por las grandes delanteras con las que contaron los primeros equipos del Athletic: la formada por Bata, Gorostiza, Iraragorri y Unamuno; de la que tomarían el relevo los Zarra, Iriondo, Venancio, Panizo y Gainza.

Se trata, por otro lado, de una época en la que, al hándicap atemporal al que hacía referencia Expósito, asiduamente debían disputar encuentros en terrenos irregulares, con césped excesivamente alto o debían actuar en campos sospechosamente demasiado regados a los que el anfitrión ya se había adaptado. El terreno de juego era terriblemente propenso a su alteración debido a ciertas tretas o simplemente a que el césped de la época no era capaz de soportar la feroz climatología de algunos rincones de la península. Como ejemplo, la final de Copa de 1943 disputada por Athletic y Real Madrid en el madrileño Metropolitano, bautizada como “la final del riego”. Sobre aquel encuentro se pudo leer en las crónicas capitalinas lo siguiente: “Un misterioso personaje, la mañana del partido, se presentó en el estadio y obligó al jardinero a regar copiosamente durante las horas previas al encuentro, quedando el verde como una laguna en la que ambos equipos apenas podían mantener el equilibrio ante el asombro de los aficionados”. El encuentro se resolvió a favor de los bilbaínos con un solitario gol de Zarra en la prórroga tras finalizar el tiempo reglamentario 0-0.

Los registros como foráneo, reflejan como el Athletic tuvo que afrontar muchas más dificultades cuando actuaba lejos de San Mamés, aunque gracias al enorme potencial de las plantillas con las que contó en aquella época aún pudo lograr registros que hoy en día serían considerados excepcionales: rozando los 2 goles por encuentro desde 1928 a 1940 y en torno al gol y medio las siguientes dos décadas. Sin embargo, cabe resaltar que durante aquel tercio de siglo, de cada diez victorias cosechadas por un equipo de la élite del fútbol español de media ocho fueron como local, mientras que en caso del Athletic la cifra se redujo a siete. A partir de ello se entiende que la hegemonía del triunfo del de casa sobre el visitante responde a un rasgo propio del contexto y condición por tanto no tan atribuible a los rojiblancos en exclusividad.

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La tónica, sin embargo, comenzó a tomar otros derroteros en los años sucesivos para el Athletic una vez en 1959 se retira ‘Piru’ Gaínza, último integrante en activo de la mítica delantera. A pesar de que la plantilla se ve nutrida durante estos años por jugadores a los que la historia del club les tiene reservado un lugar privilegiado como Iribar, Argoitia, Rojo I, Fidel Uriarte o Arieta II, no puede impedirse que el potencial del equipo mengüe sensiblemente.

Sin embargo, la construcción de la Tribuna Sur a finales de 1961, emulando lo realizado previamente con la Tribuna Norte en 1956, permite que el aforo de San Mamés aumente en más de 10.000 localidades, lo que a su vez contribuye que el aliento del público bilbaíno se haga notar con mayor intensidad, llevando en volandas a los jugadores del Athletic y amedrentando a los oponentes. Un balón de oxígeno que mantiene a los rojiblancos como un conjunto intratable en casa y que permite retener algo más de dos tercios de los puntos disputados en San Mamés. Luiz Pereira, defensor del Atlético de Madrid en los setenta, rememora en el libro de relatos Historias de San Mamés producido por el club con motivo del centenario del estadio, la singular exigencia de aquellos desplazamientos a Bilbao: “Desde el primer minuto, tocaba sufrir porque su hinchada estaba absolutamente identificada con el equipo, muy cerca de él, incluso físicamente, y unos y otros, equipo y afición, sentían los colores como si la camiseta estuvieran pegada a la piel”. En el mismo libro y en términos idénticos se pronunció Enrique Porta, pichichi con el Granada en la temporada 1971-72: “La primera vez que juegas en San Mamés impresiona (…) el ambiente te enseñaba desde el primer momento que estabas jugando en La Catedral. Antes de salir ya sabías donde estabas y que estabas en un sitio diferente, un campo de exigencia máxima”.

La recesión afecta en mayor medida al desempeño a domicilio, donde el equipo afronta similares adversidades sin tanto potencial para superarlas como antaño. La dificultad se torna drama cuando en la temporada 69/70, al Athletic de Ronnie Allen se le escapa la posibilidar de levantar el título de liga por primera vez desde la 55/56 en un encuentro contra la Real en Atocha con el terreno de juego impracticable. El periodista Alfredo Relaño revivió hace poco para su blog En blanco y negro en El País las condiciones de aquel infausto y decisivo encuentro. Refleja el mal trago que muchas veces suponía visitar ciertos campos de Primera División: “El campo está muy blando, se embarra enseguida. La Real se apañaba muy bien en ese suelo, mucho mejor que el Athletic, porque San Mamés tenía un gran drenaje. En aquella época, San Mamés era el único campo del norte que resistía el agua.”

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El periodista bilbaíno Endika Río, que actualmente cubre la actualidad del conjunto rojiblanco para Mundo Deportivo, nos revela un último factor más desconocido que contribuye al intento de explicar por qué en casa los rojiblancos ofrecían la de cal. mientras que a domicilio era la de arena: “Varios jugadores de los 60, 70 y 80, cuando aún no había televisión, me han contado cómo ellos mismos no actuaban igual cuando iban fuera a jugar. Al final el público no tenía un baremo para medir y valorar todos los partidos que disputaba el Athletic, únicamente los que se jugaban en Bilbao; y más de un jugador me ha dicho cómo ellos eran conscientes de eso y que no les iba tanto la vida en ello. Las crónicas hablaban de partidos malos pero el aficionado no contaba con una percepción precisa que le permitiera exigir”. Consecuentemente, y mientras que los promedios de la liga se estabilizan, los índices comienzan a apuntar a un Athletic más local que nunca, hasta alcanzar en los setenta el carácter casero de los rojiblancos su máximo histórico: apenas 0,79 goles por partido jugado como foráneo y casi nueve de cada diez victorias serán actuando como local, superando esta vez sí lo promediado por la Liga.

Fuente: Endika Río.

Fuente: Endika Río.

A pesar de tratarse de una circunstancia que se demuestra estacional, al contrario de la retórica que nos empujó a desarrollar la investigación; tampoco la década posterior, la de los ochenta, aquella correspondiente a los últimos títulos conquistados por el club, escapa del sempiterno debate. El defensa Patxi Salinas, protagonista en la consecución del título de liga de 1983 y el ‘doblete’ del año posterior, ofrece su versión sobre el desempeño del equipo en función del escenario en uno de los capítulos de Días de Gabarra y gloria, libro editado por el periodista bilbaíno Juan Carlos Latxaga acerca de aquella hazaña deportiva: “No creo que le equipo jugara más defensivo el segundo año. Incluso en la final de Copa jugamos con un 4-3-3. Hoy sería un suicidio jugar una final de Copa de esa manera (…) Hoy en día la gente juega una final con un punta y eso con suerte, y nosotros la jugamos con tres en ataque”. Comparte a pesar de ello que “es verdad que el primer año íbamos a Las Palmas y ganábamos 1-5 y al año siguiente íbamos a Málaga y ganábamos 0-1”. El portero de aquel equipo de oro, Andoni Zubizarreta, apunta a factores externos como las principales causas: “Siempre que jugábamos en el sur hacíamos unos partidos que no eran precisamente los mejores. En esos ambientes siempre nos costaba mucho (…) campo duro, sol, en fin, todas esas cosas. Por decirlo de alguna forma, teníamos todos los enemigos ambientales”.

Sea como fuere, el Athletic pronto dejó de mostrar una predilección hacia los partidos en su propio feudo por encima de la tónica general de la Primera División de entonces. Ya en los ochenta, el porcentaje de encuentros que vencen los rojiblancos actuando de locales es muy ligeramente inferior al que promedia el resto de la competición. A pesar de que el rendimiento ofensivo como visitante apenas se altera, el promedio de puntos por partido se recupera notablemente hasta 1,04 unidades por partido. Ni siquiera la creación de grupos de animación en ambos fondos del estadio tras la remodelación de éste en 1982 que ejercían a modo de catalizadores de una ebullición que se propagaba por todo el estadio, con cientos de banderas tiñendo de rojo y blanco cada partido acompañadas de atronadores bocinas y cuernos, ni tampoco la primera clausura del estadio en 1986 debido a una batalla campal que se libró en el mismo césped entre aficionados y la Policía Nacional a la conclusión de un Athletic-Barcelona de semifinales de Copa, que dejaba entrever un peligroso aumento de la exaltación en el aficionado al fútbol, hizo que la dependencia del Athletic con respecto al factor local volviera a ser mayor que la de un equipo promedio de la Liga.

Las 10 temporadas más caseras de la historia…y las 10 que menos


Los apoyos gráficos demuestran como a partir de los 90 el factor campo se sumerge en una espiral de devaluación progresiva e imperturbable, con el inicio de la década de los 90 como principio del fin, yendo los rojiblancos de la mano del resto de la Primera División -durante esta década se iguala totalmente el índice de “localía”-. Unai Expósito, ahora retirado, disputó más de 200 encuentros como profesional entre Primera y Segunda División, pasando en dos etapas por el Athletic Club. Debutó en 1999 y pudo vivir en primera persona la capitulación del factor campo: “Yo he jugado en algún patatal que otro; recuerdo una vez en Huelva…pero lo cierto es que en los últimos tiempos con todos los avances que está habiendo tanto en el tipo de césped como en las tecnologías para su mantenimiento hace muy difícil que un equipo pueda sacar partido regándolo en exceso o dejándolo muy alto para dificultar el juego del contrario como sí se daba en el pasado. El que haya unas dimensiones mínimas homologadas para el terreno de juego evita también que se juegue en auténticas jaulas.”

La etapa por así decirlo moderna del club, refleja unos ratios totalmente estabilizados hasta la actualidad: por encima del gol y medio por partido en casa y entorno al tanto fuera, lo que se tradujo en casi dos puntos por encuentro celebrado en San Mamés y sobre uno a domicilio. Únicamente se registra cierta alteración en la primera década del nuevo milenio, donde la producción cae ligeramente hasta los 1,46 g./p. y 1,62 p./p. como anfitrión y 1,14 g./p. y 0,96 p./p. como foráneo. Se tratan de picos circunstanciales que, al contrario que cómo sí se hizo con el registrado la década de los 70, no pueden asociarse a un patrón concreto.

El ejemplo más claro e inmediato lo encontramos esta misma temporada, a la que el periodista Endika Río no es capaz de encontrar las causas de la desproporción entre los registros establecidos por los de Valverde actuando en San Mamés y en el resto de la Península: “Este año, al margen de que haya sido especialmente pronunciada, esta temporada no hay una explicación lógica ni razonable. En liga, como local, ha sido una de las mejores temporadas de la historia reciente del Athletic, siendo capaces sólo dos equipos de ganarle…por ello no puedo entender cómo en un mismo equipo con una propuesta más o menos similar puede haber tanto cambio jugando en casa o jugando fuera. La realidad es que, sin jugar bien durante ciertos tramos de la temporada, en casa ganaban y la semana siguiente a domicilio no lo hacían”.

Unai Expósito concluye desterrando cualquier sospecha de que una posible ambivalencia en el rendimiento pueda venir motivada por cuestiones tácticas: “Es inasumible que un equipo varíe su planteamiento en función de si juega en casa o fuera. No puede estar continuamente cambiando. Evidentemente sí que es diferente jugar el Vallecas o en el Camp Nou, porque el campo es algo más grande; y lo mismo pasa si te enfrentas al Leganés o al Las Palmas, que tienen un estilo de juego antagónico y eso te va a obligar a meter matices en tu manera de encarar el partido. Pero, ¿cambiar por el factor campo? no lo creo, la verdad.”

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