El éxito de los niños-estrella

Los concursos de talentos no son algo nuevo en el panorama televisivo español. Los primeros programas de este tipo aparecen a finales de la década de los 50. Generalmente, en los concursos de esa época, los participantes tenían que demostrar sus habilidades en el canto o el baile, y en no pocas ocasiones la participación en el programa proporcionaba a muchos de ellos una forma de entrar en el mundo del espectáculo y una oportunidad para salir de la pobreza, un sueño generalizado en una época en la que las penurias económicas alcanzaban a la mayor parte de la gente. El éxito de los pocos que conseguían llegar al estrellato alimentaba las esperanzas de una sociedad que trataba de salir a duras penas de la pobreza.

Tal vez otra de las causas del éxito de este tipo de programas sea por el uso relacional que la audiencia hace de ellos. La habilidad mostrada por tal o cual concursante, y tal vez en mayor medida, su personalidad y su comportamiento ante las cámaras y con respecto a sus compañeros es una buena base para iniciar una conversación entre amigos o conocidos. De hecho en todos estos programas, además de la destreza de los participantes también se muestran las relaciones sociales que mantienen entre ellos, sus alianzas y discusiones, la actitud que asumen ante las dificultades o la simpatía -o antipatía- que irradian. Esto hace que el público pueda identificarse fácilmente con uno u otro concursante, a quien seguirán y aplaudirán en cada programa y por quién sufrirán cuando sea nominado para abandonar el concurso.

Pero, algo que llama mucho la atención, como se indica en el artículo de El País, es que este tipo de programas ven aumentar espectacularmente su audiencia cuando los concursantes son niños. Todo parece indicar que no se trata, como podría parecer a primera vista, de programas con un formato adulto que, incorporando a niños como protagonistas, vayan a destinarse al público infantil. Estos programas se emiten en horario “prime time”, o sea, a partir de las 22:00 horas, cuando los niños ya están disponiéndose para ir a dormir. Lo más probable es que en la mayoría de los hogares, los más pequeños sólo puedan ver la parte inicial del programa, por lo que sin duda el destinatario final del producto es el público adulto.

Lo cierto es que la fórmula funciona. Hay algo en estos niños que, como se dice en el artículo, “genera adicción” entra la audiencia. Además de la seriedad con la que se toman su participación en el concurso, la espontaneidad de estos pequeños ante las cámaras y la frescura de sus respuestas ante las dificultades, normalmente cargadas de una lógica aplastante, consigue cautivar al público.

Pero parece que el éxito de este formato de programa se corresponde con una determinada situación de la sociedad. Como se cita también en el artículo, la profesora de periodismo Graciela Padilla explica que “En épocas de recesión económica aparecen series y concursos que recuperan esquemas de los años cincuenta y sesenta…”. Tal vez por eso durante esa época surgiera la moda de producir “películas con niño”, una moda que permitió el salto a la fama de los niños prodigio Pablito Calvo, Joselito, Marisol y Rocío Durcal, entre otros. La frescura y espontaneidad de estos niños ante las cámaras fue un vehículo estupendo para difundir la propaganda del régimen franquista entre una sociedad que se quedaba boquiabierta ante el gran talento de estos pequeños prodigios. En cambio este tipo de cine desaparece del panorama audiovisual durante las décadas posteriores, cuando la sociedad sufre un profundo cambio provocado por la transición a la democracia.

Tal vez por eso no siempre las mismas fórmulas televisivas dan los mismos resultados. La sociedad es cambiante y nadie puede asegurar que programas como La Voz Kids o MasterChef Junior vayan a funcionar con igual éxito en el futuro. En España tenemos muchos ejemplos de formatos televisivos que han funcionado muy bien en determinadas épocas y que en un momento dado dejan de “gustar” al público sin ningún motivo aparente. Casos como el “Un, Dos, Tres…” que fue capaz de reunir a toda la familia durante veinte años ante el televisor desde 1972 y cuya fórmula fue exportada a todo el mundo, acaban por agotarse y de repente el público deja de seguirlos. Otros casos, como por ejemplo el Festival de Eurovisión, son capaces de renacer después de años de verse repudiados por el público. No existen recetas mágicas y la audiencia se decanta por un tipo de programa u otro dependiendo de múltiples factores que se van modificando en el tiempo, según el estado de ánimo en que se encuentre en cada momento la sociedad, pero sin seguir necesariamente una lógica indiscutible.

Referencias:

Gordillo, I. (2011). Del” Responda otra vez” al” Estás nominado”. Evolución y modelos de los concursos televisivos en España. Trípodos. Facultat de Comunicació Blanquerna., (27), 75-84.

Manso, V. D. (2015). LOS NIÑOS PRODIGIO DEL CINE ESPAÑOL: APROXIMACIÓN A LA EDUCACIÓN DE LOS AÑOS 50 Y 60. RIDPHE_R Revista Iberoamericana do Patrimônio Histórico-Educativo, 1

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