Dos pecados imperdonables en periodismo

No cabe duda de que en el caso del periodista, el derecho a la libertad de expresión es primordial para poder ejercer su oficio con garantías. El papel de perro guardián, que defiende a la sociedad vigilando a las élites de poder, no podría representarse sin poder comunicar los hechos sin restricciones.

Sin embargo, esta libertad de expresión debe ejercerse dentro de unos límites éticos indiscutibles. Como dijo William Faulkner, escritor y guionista estadounidense, el novelista puede ser amoral y no vacilar ante nada que le impida completar su obra, pues en la literatura el fin justifica los medios. Pero en el periodismo ni el mejor de los fines justifica la inmoralidad de los medios.

Artimañas como las llevadas por los diarios de Rupert Murdoch son absolutamente reprochables, pero tal vez dentro del oficio periodístico y desde un punto de vista ético, dos de las peores acciones que se pueden realizar en prensa son el uso de fuentes falsas y el plagio. La invención de acontecimientos o historias comprometen la fiabilidad del periodista y por tanto la veracidad de sus historias. El plagio compromete su originalidad, lo que hace descender su nivel informativo.

Ambos “pecados” no pueden ampararse en la libertad de expresión, ya que la calidad informativa se basa en la objetividad y tanto el plagio como la mentira la corrompen.

Un escandaloso ejemplo fue el caso de la periodista del Washington Post, Janet Cooke. En 1980, esta reportera estadounidense se inventó una escalofriante historia sobre un niño de once años al quien el novio de su madre le inyectaba heroína periódicamente. El estremecedor relato de Janet Cooke la hizo merecedora del prestigioso Premio Pulitzer con solo 26 años. Sin embargo, a los dos días de recibir el galardón, la periodista confesó que tanto el niño heroinómano como su historia eran solo producto de su imaginación. De nada le sirvió a la joven reportera alegar que había sufrido una gran presión laboral dentro del rotativo neoyorquino. Ante la falta de una historia verdadera lo suficientemente interesante decidió falsear el relato y sus fuentes. El inmerecido premio le fue retirado y su nombre asociado a lo que nunca debe hacer un periodista.

Otro clamoroso ejemplo de falta de ética profesional fue el que llevó a cabo Fareed Zakaria. En 2012, este periodista fue suspendido de la revista Time y de la cadena CNN por plagio. Por lo visto este columnista tomo “prestados” unos párrafos de la profesora de historia de América Jill Lapore. Aunque Zakaria reconoció los hechos y pidió disculpas, este hecho le hizo perder el reconocido prestigio que había cosechado durante años y que le había hecho merecedor de numerosos premios.

Tanto Cooke como Zakaria antepusieron sus propios intereses a los del público. En ambos casos su credibilidad quedó en entredicho, que es lo peor que le puede ocurrir al periodista. El interés público que supone la labor de la prensa está basada en la veracidad de sus informaciones, por lo que son imperdonables actuaciones como las que llevaron a cabo ambos periodistas.

Referencias:

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