La metamorfosis de Saitam Starp Junior

Juan A. Hipólito

Aquella noche se fue a la cama con la misma idea que le perseguía desde su infancia. Quería dar la noticia del siglo. Deseaba de forma fervorosa sorprender al mundo con algo grande. Junior era la tercera generación de una reputada saga de periodistas americanos de reconocido prestigio internacional: los Saitam Starp. Pero él, a diferencia de su progenitor y de su abuelo, no alcanzaba a ir más allá de una pequeña sección marginal en el principal distribuidor nacional de televisión por cable. Ansiaba alcanzar la gloria para orgullo de su familia y demostrar a todos que también era un auténtico Starp.

 

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A la mañana siguiente le despertó una sensación de levedad como jamás antes había sentido. “¡Qué extraño!”, pensó. Se notaba ligero y frágil, como una delgada lámina de papel; y su piel, impregnada en tinta, como si le hubieran tatuado por todos y cada uno de los poros de su cuerpo. “¡Ay!”, exclamó al sentir una tremenda punzada en la cabeza, como si le atravesara el cerebro de sien a sien. “¡Ungh!”, empezó a sentir un terrible dolor de cabeza, y una andanada de palabras terroríficas comenzó a bombardear su mente: ¡BOMMM! ¡Fuego! ¡BOMMM! ¡Dolor! ¡BOMMM! ¡Sangre! ¡BOMMM! ¡Muerte! ¡BOMMM! ¡Venganza! “¿Qué me pasa?”, se preguntó.

 

Quiso incorporarse, pero no pudo. Intentó apoyarse sobre la mesita de noche, pero no lograba encontrarse a sí mismo porque le faltaban brazos y piernas. Su cabeza se encontraba en plena ebullición. “¡Pienso, luego existo!”, pensó; “Pero… ¿Dónde está mi cabeza? ¿Cómo se que aún la mantengo sobre mi tronco?”. Su mente intentaba encontrar en vano su cuerpo. “¡Es una pesadilla! ¡Todo pasará enseguida!”, intentaba tranquilizarse a si mismo en una frenética y alocada búsqueda de su propio yo.

 

“Mary –su novia, también periodista- no tardará en llegar y me despertará de esta tremenda opresión que siento”, pensó. Ella siempre pasaba a recogerle camino de la redacción en la que trabajaban juntos. Tras llamar al timbre varias veces sin obtener respuesta alguna, Mary recogió la llave que guardaban bajo el felpudo de la entrada para imprevistos como este. “¿Junior?”, preguntó. “¿Estás ahí?”, inquirió alzando aún más la voz. ¡Vamos, llegamos tarde!, terminó por gritar. El silencio fue su única respuesta. Preocupada por si algo le hubiera podido suceder a su novio, subió hasta su habitación saltándose los escalones de tres en tres. “¿Junior? ¿Estás ahí? ¿Junior?”, preguntaba insistentemente conforme iba acercándose a la primera planta de la casa.

 

Al abrir la puerta no encontró más que papeles de periódico volando por toda la habitación. El fuerte vendaval reinante en el exterior de la casa desprendió una de las ramas del árbol plantado por su abuelo en el jardín, cuando este tan solo era un niño que soñaba con narrar grandes historias a través de aquel incipiente aparato de radio. El golpe violento contra la ventana de su habitación hizo saltar por los aires los cristales, y una ráfaga de viento esparció de forma violenta las hojas de periódicos que cubrían su cama. “¿Qué pasa?”, se preguntó. Una extraña sensación de vértigo y dolor inundó a Junior por completo. “¡Por favor, que alguien pare esto!”, deseó. Era como si su cuerpo hubiera explotado en decenas de pedazos diseminados por toda la habitación ante los ojos incrédulos y estupefactos de su novia.

 

Las hojas de aquel misterioso periódico volaban sin orden ni concierto por todos los rincones. De repente, vio como se topaba de bruces contra el espejo del vestidor. “¿Qué es esto?, preguntó. ¡No puede ser!”, exclamó ante la portada extra de un periódico a cinco columnas que anunciaba: ¡¡¡TERCERA GUERRA MUNDIAL!!! Creyó reconocerse en la foto de primera a todo color que parecía reproducir la estampa del famoso “Grito” de Edvard Munch. “¡¡Horror!!”, sintió. Saitam Starp Junior firmaba la noticia del siglo.

 

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