Divorcios crecen como la espuma en Ecuador

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En los últimos 19 años los divorcios aumentaron en un 300% en Ecuador.

En el año 1997, cuando en Ecuador se contabilizaban más de 11 millones de habitantes, se produjeron 66.967 matrimonios. En 2016, cuando éramos más de 16 millones, se registraron 57.738 nupcias. Cinco de cada mil personas se casaban en 1997 y solo 3 de cada mil en el 2016.

Por otro lado, al analizar los datos de nupcialidad del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) en su portal Ecuador en Cifras, en 1997 se produjeron 8.557 divorcios y 19 años después (2016), 25.648 separaciones. Es decir, los divorcios se incrementaron en más del 300%.

Actualmente, en Ecuador se establecen 15 divorcios por cada 1.000 habitantes. Según el INEC, la edad promedio a la que se producen las rupturas es a los 42 años en hombres y a los 39 en las mujeres. Las provincias que registran más divorcios son Guayas, Pichincha, Azuay y Manabí. Mientras que Napo es la provincia con menor índice de rupturas.

El psicólogo clínico y sexólogo guayaquileño Jorge Luis Escobar Tobar, quien tiene un programa radial psicológico denominado Laberinto en radio Cupido en el dial 95.3, considera que la mayor causa del incremento de los divorcios en el país es la devaluación o desvalorización del compromiso con las emociones propias y del otro y el hecho de que existen demasiados mitos sobre el matrimonio que terminaron dañando su validez.

“Las personas disfrutan de enamorarse y de imaginarse compartiendo su vida con alguien en algún momento, pero el miedo que se genera alrededor de perder su sentido de pertenencia o de necesitar al otro para que nos haga felices, hace que cuando se concreta la convivencia los cuentos de hadas se conviertan en pesadillas”, explicó el especialista.

Para el neuropsicólogo y terapeuta de parejas ecuatoriano Eduardo Santillán Sosa, el incremento de divorcios en Ecuador se debe a una multifactoriedad de situaciones, entre ellas, la escasa importancia que se le otorga a la amistad antes de ser enamorados, y aun durante el enamoramiento, noviazgo y el matrimonio; la carencia del conocimiento de la propia identidad; la cultura antivalores y la propensión al inmediatismo, es decir, “si no me haces feliz, terminamos”. Pero a esto se agregan las dificultades económicas y el prototipo de la pornografía como modelo de satisfacción sexual en la pareja.

 

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